
...Antes, la Atlantida no era cualquier cosa, y sabíamos bien que como montevideanos auténticos íbamos a dibujar un pueblo perdido.
Era un día soleado y estábamos contentos pues nos acercábamos a su concha rosada cuando... uh! entramos en un misterioso estado de ensoñación del cual sólo el dibujo, ¡ese dibujo! podría sacarnos y devolvernos al mundo real. Pero nos fuimos...
Y como siempre, no estábamos ni allí, ni en otro lugar; estábamos en un mar, ancho río marrón verdoso con una densidad infinita que nos hizo las veces de refugio para cuando llegara el momento de la explosión final y dejara sólo a una mujer. Mujer imaginaria que pronto se haría presente .
Ella era montevideana, pequeña. Danzaba frente a unos tambores gordos; contraste feroz y lento, mantenían su velocidad. Nosotros que hasta ese momento no sabíamos nada de antes de la atlántida, nos movíamos en un trance perfecto y al compás del repiqueteo... táca tatáca tatáca ta-tá!
En eso... vimos un fuego y nos acercamos. Había un silencio muy profundo y se nos ocurrió que podríamos conseguir una cerveza ya que hacía mucho calor. Estábamos sedientos, pero... ¿de que? Por suerte no muy lejos habría un kiosco.
Transpiramos sobremanera y el fuego no estaba ahí para calentarnos precisamente a nosotros. Luego con el bailoteo cerebral, pensamos que nos habían preparado algo especial, como para nosotros; esa mujer..., los tambores..., la cerveza..., nos recibían.
De pronto... lo vimos, era el negro Rada que se acercaba y rapidamente supimos que hacer; le preguntamos por las llamadas. El negro era real y estábamos seguros que sería de gran ayuda y nos respondió sin más, como si entendiera exctamente lo que allí estaba sucediendo: "Ustedes, los pibes montevideanos seguirán siendo, sólo cuando hayan revelado el gran misterio y para ello... los espero el domingo en el cementerio, ja ja ja ja ja ja ja ja ", y desapareció repentinamente .
Nosotros, nos quedamos un poco desorientados y ahí parados como tres montevideanos que somos, los tres porteñitos cancheros... nos miramos y seguimos caminando por esa ciudad desierta pensando que si la suerte nos acompañaba, en algún lugar remoto podríamos encontrar algún chivito "completo con huevo" que nos diera alguna pista para salir de ese laberinto.
el loco traverso.